viernes, 22 de enero de 2010

Caminando la Habana.


Me gustaba caminar por las calles de la Habana sin rumbo fijo. Ese disfrutar lo adquirí de niño. Mi tía Heida, era una gran caminadora, al rayar el medio día iniciaba nuestro peregrinaje hacia “la Habana”, que era entonces como se decía a ir de compras al centro comercial y neurálgico de la capital cubana.


Cerca de nuestra casa abundaban las rutas de “guaguas,”que nos trasladaban hasta allí.

Monte, Belascoain, Neptuno, Reyna, San Rafael, todas estas calles hacían mi delicia cuando era niño.

La esquina de Tejas, cuantas calles más que ahora lamento haber olvidado.

Las vidrieras llenas de artículos, ropas, televisores, radios, cuanta cosa puedan imaginar. Era muy común ver a muchas personas detenidas en alguna juguetería famosa, entretenidos, adultos y niños, viendo dar vueltas a un bello tren copia de los famosos que atravesaban Norteamérica.

La calle Monte copada de anuncios de neón que atarantaban al paseante al caer la tarde.

Los marchantes de las sastrerías, casi todos propietarios, entablar conversación con los transeúntes y casi “meterlos” a la tienda con el típico abrazo cubano, como si se conocieran de toda la vida. Muchos de estos dueños, eran libaneses y españoles.

A mitad de la jornada, mi tía, sin que yo lo pidiera, siempre he sido paciente en ese aspecto, fiel a su costumbre, me invitaba a un refrigerio en el Ten cent de Galiano, todavía podíamos ordenar de una amplia variedad de emparedados y aguas de frutas, bien frías.

A pesar de estar situada la parte comercial muy cerca del litoral, las edificaciones y lo estrecho de las calles atrapaban el humo de los autobuses, por lo que algunas veces, llegaba a la casa, además de cansado con un fuerte dolor de cabeza.

Pero esos días de compras, jamás se olvidan.

La ultima vez que estuve en La Habana, hace muchos años, caminé por aquellas mismas calles como lo hacia de niño, el panorama era otro, muchas tiendas han cerrado y otras no existen físicamente, los anuncios lumínicos han desaparecido y todas las fachadas sin excepción ameritan una buena mano de pintura.

Se hace evidente el grave deterioro del nivel de vida de la población, en una capital que no hace tanto brillaba con luz propia.