viernes, 7 de mayo de 2010

Ante el caos.

Qué explicación lógica dan los sindicatos cubanos para justificar una postura totalmente dictatorial.

Con el pretexto de defender a la clase obrera, una mafia de poder se incrusta en las organizaciones obreras y las carcome, las desvirtualiza y las hace presas de graves manipulaciones.

Al perder la masa laboral su capacidad de respuesta ante el ente explotador, sea este del tipo que sea y se enmascare como lo haga, se crea un estado de vulnerabilidad y derrota. Se pierde la necesaria balanza entre las clases y se empobrece el nivel de vida de la población.

Esto no es solo uno de los principales focos de problemas que sufre el sector obrero en Cuba, es quizás el más candente.

La revolución al desaparecer como fenómeno transformador de la vida nacional, sin lograr hacer realidad el principal rubro de toda sociedad, la mejora en las condiciones de vida y un proyecto transparente para lograrlo, genera un vacío que ocupa la propaganda y la demagogia, pero no disminuye la inmovilidad y la apatía del mundo obrero que entiende muy bien que las condiciones de vida no pueden darse a costa del sacrificio de generaciones completas sin ver llegar la hora de la recuperación.

Si tomamos una muestra de una familia cualquiera para al interiorizar en este pequeño núcleo de la sociedad la problemática del país, entendemos que un estado no debe erigirse en sobre protector a costa de la plusvalía y no debe administrar recursos colectivos improvisando en secreto una economía que pocos saben a donde va, si es que no resulta eufemístico decir tal cosa.

Romper la inercia de una apatía mayúscula requiere incentivos reales y no promesas a futuro, máxime que tal recurso ha sido explotado hasta el cansancio.

Como destrabar la caída de la producción, la baja calidad en los servicios y el deplorable poder adquisitivo, que es a fin de cuenta el que genera riqueza digna.

Comó confiar en un gobierno que no toma decisiones acertadas y todo parece moverse en un entorno de vendetta y sectarismo.

Comó confiar en una cantidad de dirigentes ancianos que han tenido todo el tiempo y el arrojo de la juventud, ya para ellos pasada y no han dado muestras de resultados satisfactorios.

Ahora en la senectud, en el ocaso de sus vidas, por decantación elemental sus respuestas carecen de la agresividad y el arrojo que requiere el momento.



Lo que lleva a pensar en la cercana disquisición de la vida nacional y el incremento de grandes penurias.



En realidad no necesitan tiempo alguno para encauzar una estrategia.


No hay tal estrategia.


Apuestan desesperados por evadir hacer frente al cambio necesario.

Pues es reconocer su apabullante derrota.