viernes, 11 de septiembre de 2009

Premio La sexta dimensión es Humanismo



Acabo de recibir el Premio La sexta dimensión es Humanismo otorgado por Armienne del blog El Desnudo en el Arte.

Le dedico este Premio Sexta Dimensión a todos los blogs cuyos autores cumplen con al menos una de las siguientes cualidades:

-Dicen lo que sienten sin temor ni hipocresía.
-No se dejan atar a lo "correcto".
-No acatan los convencionalismos y las normas sociales que nos limitan.
-Repudian la censura.
-Creen en el mejoramiento humano, en la tolerancia, en el diálogo y en el entendimiento .
-Se colocan al lado de los oprimidos, de los desvalidos, de los pobres y de los abusados.
-Ven más allá de las apariencias.
-Reconocen que un cuerpo desnudo es también poesía.
(Armienne)

Como yo también colaboro en esta casa lo comparto con mi buen amigo Ángel Collado.

jueves, 10 de septiembre de 2009

FRAGMENTO DEL LIBRO "MEMORIAS DE UN GUERRILLERO CUBANO DESCONOCIDO". Juan Juan Almeida.


Cita en el MINFAR. ( Ministerio de las Fuerzas Armadas.)

No pude precisar el tiempo porque yo estaba volando, pero al rato continuamos la marcha y llegamos hasta el MINFAR. Nos estacionamos en el parqueo que da a la Biblioteca Nacional. Jorge Luis, que se había lanzado del auto, fue directamente a la posta del lugar, habló algo y regresó; entonces dirigiéndose a mí dijo que lo siguiera.
Me bajé, pensé correr, pero ¿a dónde iría?, no tenía sentido, así que seguí a mi interrogador. El militar de la puerta nos saludó militarmente. Era un muchacho de tez negra, con su impecable uniforme verde y su boina roja. Le devolví el saludo y entramos en un garaje de incongruente piso de granito, el granito resbala y provoca accidentes, pero a quién le importa eso. Entramos a través de un pasillo hasta un elevador, en el elevador nos esperaba otro militar igual que el de la puerta. Sin decir palabra pulsó el botón del piso 4. Pero antes de llegar al 4° piso, ya comenzaba a imaginar con quién me encontraría. Otro soldado, igual de perfecto, nos guió hasta un saloncito con una decoración bastante oscura y cargada, al mismo estilo del «Objeto 20», un estilo que abusa de la saturación, la tristeza y lo complicado. Con una decoración así cualquiera se emborracha y se deprime. Nos sentamos en una frescas mesas y sillas de mimbre pero con cojines oscuros y adornitos espantosos, las paredes forradas en madera hacían del lugar una caverna oscura; de ellas colgaba una pintura de Stalin acompañada de quizás quince o más fotos antiguas de militares rusos.
¡Qué extraña decoración! Caramba, con un local así yo haría una discoteca.
Nos sentamos a mirarnos y a pensar: Jorge Luis no es un hombre feo, si yo fuera gay me lo almorzaría. De pronto se abrió una doble puerta corrediza y salió un militar al que conozco desde niño; casi me cuadré en posición de firme, pero me ignoró y me volví a sentar, frustrado, a mí que me encanta saludar con abrazos y besos:
—Mayor Pérez Castro —rugió mi viejo conocido queriendo imitar la fuerza de Hércules.
Aquí —contestó Jorge Luis poniéndose en atención y arreglándose su verde uniforme.
—Pase.
Jorge Luis respiró profundamente y como soldado de plomo entró por la puerta. Acto seguido a mi lado vino un militar igual que los anteriores. No me dirigió la palabra, pero como yo estaba bastante aburrido le pedí que me permitiera ir al baño. Me contestó que esperara, abrió la puerta del baño, miró adentro como inspeccionándolo, y luego dijo:
—Pase, es aquí.
Entré, me lavé las manos, el baño estaba realmente limpio, tan limpio que daba pena ensuciarlo. Salí, y cuando me disponía a depositar mis nalgas sobre aquellos feos tapices, escuché la misma voz que hizo saltar a Jorge Luis:
—Que pase el otro.
¡Qué tontería!, el tipo ese me conoce tanto como mi familia, seguramente elogió la barriga de mi madre y fue de los que aplaudió aquel 2 de diciembre en que Fidel anunció mi nacimiento porque me conoce antes de que yo naciera. ¿No pudo decir mi nombre?
Bueno, pues el otro se dispuso a pasar. Me hubiera asustado más si no hubiese sido tan payaso.
—Por ahí —dijo el guardia que me acompañaba señalándome el camino.
Atravesé la doble puerta corrediza y un arco para detección de armas como esas que hay en los aeropuertos. Parece que en esa oficina hay más miedo que dinero. A mi derecha un buró con dos militares conocidos desde niño, Fonseca y Font. Al frente, una mesita con cuatro sillas vacías, y a mi derecha, un gran buró, tres sillas. En una Jorge Luis, y en otra, detrás del gran buró, estaba Raúl Castro con su traje militar de cuatro estrellas. Lo miré a los ojos y sinceramente no sentí miedo aunque sí respeto porque este hombre había sido mi héroe, mi padre, mi hijo, mi tío, mi hermano, mi suerte y mi yo. Permanecí de pie.
—Pasa, siéntate —dijo con firme brusquedad, señalando la silla vacía—, ¿Cómo estás?
—Bien —contesté parco. Por un momento pensé preguntarle por su familia, que era también mi familia, pero el momento no era para cumplidos.
—¿Quién les dijo que yo estaba al frente de todo esto? —Es difícil explicar que desde el primer momento, y todavía no sé por qué, intentó mostrarse como un ser con el sueño de ser adorado.
—Después de leernos la carta firmada por la alta dirección del país, llegamos a la conclusión de que era usted.
—¡Ah! la carta —repitió el General—. ¿Quién dice que les tenemos el teléfono tomado? Eso es muy caro y no gastamos tantos recursos.
Caramba —pensé—, si hubiesen gastado más, sería sólo para una guerra: el helicóptero, los seguimientos… Se me hace que me creyó tonto y por eso comenzó a derrumbarse el inmenso respeto que sentía por aquel hombre.
—¿Tu tienes pasaporte mexicano?
—¿Yo? —le contesté— No, nunca he tenido pasaporte mexicano. —¿Seguro?, por ahí yo tengo grabada la conversación de cuando estabas en un hotel en Varadero, y llamaste a Irina.
—Indira —lo interrumpí para corregirle en nombre de mi hija. —A esa misma —¡Qué irrespetuoso señor Ministro!, ¿me querría intimidar con eso? Continuó jugando al duro y yo continué complaciéndolo—, en la conversación le dijiste que para hospedarse en el hotel, que cogiera el pasaporte mexicano que estaba en la gaveta. Recordaba perfectamente los detalles de aquella conversación que tuve a principios de septiembre del 2003, es cierto que le dije pasaporte a la Forma Migratoria Mexicana que en Cuba todos la conocen por Pasaporte Mexicano o FM3, aunque no sea en realidad un pasaporte. Le dije también que le cambiara mi foto y pusiera la de su enamorado para que pudieran hospedarse en el hotel; pero no lo hicieron, ni siquiera fueron a Varadero esa vez. Lo más bonito es que también recordé que esa conversación a la que el señor Ministro se refirió, la hice desde mi celular a mi casa. ¿Caramba, en qué quedamos, tengo o no el teléfono pinchado? Se me hizo bastante incoherente porque creo recordar que es un delito escuchar conversaciones ajenas. Al menos, según la Constitución. No contesté nada, solamente repetí que yo no tuve pasaporte mexicano y era la verdad. Entonces continuó:
—Eso es falsificación de documentos. ¿No? —le preguntó a Jorge Luis ensayando una absurda e inquisidora pose en la que intentaba mostrarse como el último mástil de la ortodoxia puritana, como si de él yo no hubiese aprendido a cazar, como si de él yo no hubiese aprendido a pasear en yate, como si de él yo no hubiese aprendido a viajar, como si de él yo no hubiese conocido los autos capitalistas, como si por él yo no hubiese conocido las mansiones del Laguito. Pero no importa, no lo critico, porque a mí me gusta esa corrupción.
—Sí General —respondió al segundo el instructor como un disparo.
Yo creo que en este país la gente está loca y a veces creo que yo soy el loco, que tanta gente no puede estar equivocada. La vida es muy corta como para complicarla, ¿por qué no dejan que la gente se divierta?, bastantes problemas existen, somos un país divertido, alegre, los turistas visitan el Caribe entre otras cosas para divertirse, vienen buscando arena, sol, playa, rumba, ron, amores, comida, historias y fiestas. Quisiera entender por qué en Cuba sólo pueden disfrutar los extranjeros. ¿O acaso no es eso lo que significa en lengua afrikáans apartheid? La única diferencia es que a aquellos los dividían por razas o colores y a nosotros por lugar de residencia o cercanía al axis mundi. No jodan, si no quieren que falsifiquemos documentos o compremos pasaportes extranjeros robados simplemente para poder hospedarnos en algún hotel que nos permitan a los cubanos vacaciones en ellos y se les acaba el problema. Además, no olvidemos que esa pequeña libertad es una importante ficha bajo la manga política porque no genera ningún cambio, pero lo parece. Es por eso que todo se complica, «por protegernos». Claro, eso no lo podía decir, si un pedacito de Ministro se molestaba conmigo, ya podía despedirme porque me estaba acusando de falsificación de documentos y con eso era bastante.
—Hace tiempo mi hijo Alejandro te dijo, cuando te fue a ver a tu casa, que quitaras la antena, y no la quitaste por cojonudo, porque tú te crees un pingú y no eres más que un mentiroso redomado. Para no hacerte un registro me traes la antena y no se te ocurra romperla o quitarle algún aditamento. Me la traes completa. Mañana yo salgo para provincia, cuando llegue —hizo una pausa, rectificó y continuó—. No, se la entregas a Francis allá en Seguridad Personal.
¿Serán reales las cosas que uno tiene que oír en este país? Dígame usted si no era mucho más fácil, cuando su hijo Alejandro Castro Espín visitó mi casa y me dijo que mi antena provocaba diversionismo ideológico en mi hija (porque el cuento no es exactamente así como lo pintó el señor Ministro), que me hubiese advertido de quitar mi antena porque ellos no tenían o porque su papá la necesitaba. Con gusto se la hubiera cedido. Evidentemente yo soy mongo y la gente no me entiende. ¿Que no quité mi antena por pingú? No, nada más lejano a mí que un hombre valiente, si no quité la antena fue porque la televisión cubana es demasiado buena, demasiado educativa, demasiado política y las mesas redondas me aburren, y yo soy un subnormal al que le encantan los comerciales, la televisión que no instruye, la que incita al consumismo, la que no tiene programas educativos y sí películas cargadas de violencia, sexo y lenguaje de adultos, la que bombardea y provoca diversionismo ideológico porque muestra otra versión de la verdad. Caramba, qué de malo tiene eso. Por eso no quité la antena, era sencillo de entender, y si me la pidió, claro está que no la rompería ni le quitaría aditamentos, yo no soy ingeniero en nada y no sé desarmar ni una fosforera, yo sólo soy especialista en conocimientos inútiles que únicamente sirven para hacer sentir bien a mis amistades mientras juego dominó.
—Tu hermana Belinda se ha portado muy bien —continuó agrediendo— ustedes la trataron de desviar, por suerte sigue siendo una buena muchacha, por eso es que la respetaremos, a ella no le pasará nada.
Que bueno y bondadoso es el Señor Ministro, ¿él creerá que yo le creí algo de lo que dijo? Noooooooooo, pero eso sí lo agradecí, porque mi hermana Belinda es muy buena persona, ayuda a mucha gente, incluso tiene una bonita historia con un amigo que tiene VIH y tiene fe en esta Revolución, para mí es una persona incuestionable. Las inclinaciones religiosas, sexuales y políticas que tenga cada persona yo las respeto muchísimo. Claro que se ha portado bien, ella brindó sus servicios en Honduras, como médico, cuando el ciclón Mitch, en un lugar que se llama la Mosquitia.
… como lo hiciste con tus hermanas y te las llevaste a Cancún. Tú organizaste todo esto. ¿Quiénes se han creído que son ustedes? Y la otra, la Beatriz, le ha faltado el respeto al instructor, hasta le sacó la lengua, eso es una falta de respeto grave y no lo vamos a permitir, en algún momento lo pagarán.
Es una pena que nada le contestara por no contradecirlo, porque yo no he organizado nunca nada. Lo único que sé organizar son fiestas en mi casa y si me siguieron y me escucharon tanto tiempo deben saberlo muy bien y no permitir que este personaje repita tamaña estupidez creyendo que es información; pero bueno como también escuché de niño: ¡De cada cual según su capacidad, a cada cual según su trabajo!
¡Qué país, qué futuro!
El continuó con su monólogo con el claro objeto de impresionar:
—Ahí donde estás sentado estuvo sentado Ochoa y por no decirme la verdad mira lo que le pasó.
No se me ocurrió preguntar qué le había sucedido al General y Héroe de la República Arnaldo Ochoa porque todos los cubanos sabemos que a Ochoa lo fusilaron un amanecer. Yo no sé si era cierto o lo hizo sólo para intimidarme o torturarme psicológicamente. Lo que si sé es que una pregunta rebotó en mi mente. ¿Podía este hombre borrar mi vida en un momento, como según él mismo dijo que hizo con su amigo Ochoa, por tan sólo molestarse un poco? ¿Se podía referir a la vida de una persona con tal desfachatez? En ese instante dejó de importarme mi vida y comencé a pensar en las tantas cosas que dejé de hacer quién sabe por qué. Me faltó quitarme la careta y gritar a las personas cómo soy. Me faltó decirle a mi padre que lo amo infinitamente, que nunca estuve de acuerdo con algunas de sus cosas pero todas, absolutamente todas, se las respeto y se las perdoné. Si no hubiese sido por lo mucho que lo respeto habríamos logrado una relación más bella y se habría enterado de lo buen amigo que sé ser. Tampoco sé por qué nunca hizo nada por unir a todos sus hijos y permitió tanta desunión. Me faltó despedirme de mi madre. Hay cientos de maneras para despedirse de alguien: un beso, hasta aquí, adiós, hasta luego, nos vemos, chao, hasta siempre y muchísimas más; pero no pude expresarle ninguna de ellas a mi madre. Eso me faltó. Me faltó ser una mejor persona, me faltó decirle a mis hermanas lo que siento por ellas. Me faltaron tantas cosas y este tipo me mostraba en ese preciso momento que él, todopoderoso, podía hacer que yo nunca lograra las cosas que me faltaban por hacer. Era el poder de un sólo hombre y no se debería permitir que un hombre fuera omnipotente. Había llegado a pensar que el verdadero amor y respeto que yo sentía por aquel hombre y por su familia eran recíprocos, pero estaba equivocado. Qué extraña sensación nos deja el autoengaño. Viví 38 años de mi vida autoengañado. Queriendo y respetando una imagen que se desmoronaba irremediablemente ante mi vista; qué triste darse cuenta de que las cosas que crees no son como las defendiste. Continuó hablando y hablando, yo sólo recordaba y mientras lo hacía iban cayendo, uno a uno, los hermosos recuerdos, como cuando de niño me sostenía en su espalda, en Varadero, para descansar del agotamiento de aprender a nadar, o como cuando jugábamos al tiburón y cariñosamente me asustaba con su voz de trueno. Cuántos cumpleaños juntos, cuánta risa. En la infancia yo achicaba los ojos intentando achinarlos con el sólo propósito de parecerme a él.
Cerró la entrevista con broche de oro:
—¿Tú crees que tu hermana Beatriz se quiera ir ilegalmente de Cuba?
—No —le contesté— y si se ha enterado que en algún momento ella lo ha comentado, sólo deben ser fanfarronerías.
Yo no podía saber lo que mi hermana pensaba o no hacer, pero presentí que si decía lo contrario o titubeaba al responder la recluirían. —Tenemos información —continuó— que tú has servido a los servicios de inteligencia extranjeros, tenemos pruebas y quiero que me digas la verdad.
Cuando escuché esto me quedé literalmente muerto, era lo último que yo esperaba escuchar. Yo nunca, NUNCA HE SERVIDO A NINGÚN SERVICIO DE INTELIGENCIA EXTRANJERO. No soy agente, ni lo seré, de nadie, ni de nada.
Salí de allí con los sentimientos totalmente encontrados, mis pedestales vacíos, mis valores alterados, asqueado de muchas cosas, pero no derrotado, dispuesto a enfrentar lo que viniera.
Durante el camino de regreso permanecí callado. Alguien habló, pero yo no podía escuchar nada, me sentía pequeño y todo alrededor me aplastaba, era difícil describir el tremendo vacío que llevaba
dentro. Las balsas, los remos, los balseros. No están locos, están vacíos. Qué espantosa realidad.

Juan Juan Almeida
La Habana

Gracias a mi amigo Tony Prieto por este envio.

Saber Perdonar.


No debemos alegrarnos cuando le comienza a ir mal a alguien que nos ha hecho daño. Alimentar venganzas, odios o sentir que desgracias ajenas, nos dan alegrías, solo demuestra que estamos dañados en nuestros sentimientos. Para los que creemos en Dios, dejamos que él actué. Y soportamos las inclemencias de la vida con paciencia. Confiar, es la palabra precisa, y esperar, así como aquellos que nos dañan tienen su momento, el nuestro llegará también y entonces la única lección valida es perdonar y continuar. Habremos entonces crecido sin darnos cuenta, en la escala humana, con verdadero sentido del amor por nuestros semejantes. Fortalecidos y convencidos que actuar con apego a estas reglas nos acerca mas a Dios que el odio y la venganza.

Reproducción: V.Gogh , El buen samaritano.

Lejanía.


Detrás el paisaje de los días tristes
Saber al fin donde convergen
Escondidos de los sentimientos
Adentro donde no se hallan
A veces ni los silencios
Los besos que no se olvidan
Nubes de recuerdos
En ellos buscando como un sueño
Las cosas que fui dejando
Que se fueron estibando
Los minúsculos detalles insignificantes
Una risa cómplice
Una playa lejana
Un suspiro compartido
Lejos.
Tan lejos que mi alma
Siente que es ya tarde
Para la sonrisa y la vida estorba
Para alzar el vuelo.

LEJOS. Abril Collado.


Quiero irme para encontrarme de nuevo.
Lejos.
Tomar una carretera sin rumbo fijo,
y en ello recuperar las ganas que perdí en el viaje anterior.
No mirar atrás.
Dejarlo todo ir.
Lejos.
Que pase el tiempo,
que pase y que me enseñe que todo lo que me queda es más tiempo.
Para vivir.
Para querer.
Para aprender.
Para sentir.
Para estar.

Lejos.

CUBA - Benny Moré - El Bárbaro del Ritmo



Esta canción me la envió ayer, alguien que es muy especial para mi y me llego al alma....y por eso la comparto aquí...

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La caja de Pandora del Castrismo. La sucesión. Por Lázaro González


¨Pandora¨ [1896]- John William Waterhouse


“Me interesa el futuro porque es el sitio donde voy a pasar el resto de mi vida.”
Woddy Allen

"No soy ni seré nunca jefe de fracción o grupo. No puede deducirse, por tanto, que haya pugnas dentro del partido"
Fidel Castro

Hace unos anos un periodista francés obtuvo las palmas por revelar con rotunda precisión -según el y los analistas de la ultima novedad- la clave de las relaciones de poder en Cuba. Con motivo del desmayo sufrido por Fidel Castro el 23 de junio del 2001 durante un discurso en el Cotorro, el periodista centro su atención en el comportamiento grupal de lo que el define como los tres grupos de poder en Cuba [familia y amigos personales de Fidel Castro, talibanes e históricos] y extrae sus conclusiones siguiendo la rutina seudo socio-sicológica traída por los pelos de ¨Quién miró a quién?, Quién ordenó y actuó? Y Quién tomó la palabra en la tribuna para sustituir a Castro?...¨

Seguir leyendo aquí

Lázaro González es el responsable del blog Cuba Independiente http://cubaindependiente.blogspot.com/

Emilio Santiago - Doce viver

Mi lagarto hermoso.

Tú siempre vas conmigo

Codo a codo

Paso a paso en el camino

Lágrima y hombro

Sed y abrigo

Dios lo sabe

vas conmigo

No te aparto ni un instante

Si me caigo me levantas

En el pecho vas tatuada

Larga insignia de verdores

Largo lagarto hermoso.

ANTÚNES SE PRESUME DETENIDO.



NOTA: Debido a la importancia que representa salvaguardar la vida de este hermano cubano , solicitamos a la comunidad internacional una respuesta contundente ante las arbitrariedades de la tirania cubana.A. Collado Ruiz.mensaje de la hermana de Antúnez.... toda persona que pueda ayudar a divulgarlo le agradecemos....


De: Jorge Luis Garcia Perez (Antunez)
Para:Maria Elena Morejon
Enviado: miércoles, 9 de septiembre, 2009 6:45:54
Asunto: Re: Hola hermanito

Ola Maria Elena, soy Bertha Antunez desde Miami, yo estoy en estos momentos con el correo de mi hermano abierto y precisamente estoy buscando amigos solidarios que me ayueden a denunciar que mi hermano Jorge Luis desde el lunes 7 a las 4 de la tarde a desaparecido, mientras viajaba a la Habana, para la asamblea de la agenda para la transición, todos suponemos que este preso junto con otro opositor, Fran Reyes López, ellos viajaban juntos, las autoridades no le han querido dar cuenta de el a su esposa ni a la familia del otro opositor, si puede alce su voz por mi hermano, comuniquese con Iris su esposa, también lo puede hacer con Idania u otro opositor dentro de Cuba. gracias

tomado de la pagina amiga: chiquita cubana, gracias por la pronta movilización.

martes, 8 de septiembre de 2009

El cuento del hueco



Por Sindo Pacheco

Berto se mecía en su sillón, como hacía todas las noches durante los últimos veinte años, cuando vio al borracho que dobló frente a su casa, dando bandazos de un extremo a otro. Sólo entonces se acordó del hueco. Aquel trozo de vía apenas transitado, tenía un hueco desde hacía algún tiempo. La tapa de la alcantarilla había desaparecido con la última inundación, dejando la boca negra y acechante, y camuflada por el escaso alumbrado.

Inicialmente Berto quiso advertir aquel peligro, pero luego empezó a concebir la caída del hombre, a desear el resultado, con aquella especie de aversión que sentía por los borrachos, hasta que lo vio desaparecer tragado por la tierra.

Berto esperó un rato, pensando verlo salir de la negrura, despachando maldiciones y juramentos; pero transcurrió un tiempo razonable, y el hombre no daba señales de vida.

Así que se introdujo en su cuarto, le pidió la pastilla de la presión a su mujer, y se recostó en la cama mientras escuchaba los violines de algún programa dominical. Aunque la televisión tampoco estaba hecha para él. Había vivido rodeado de silencio, casi al margen de la electrónica, y la televisión le parecía demasiado bulliciosa. Únicamente veía Escriba y Lea, cuyos contenidos lo habían asomado por primera vez a un mundo vasto y desconocido, de innumerables geografías y personajes famosos, o algún musical desempolvado del olvido que lo sorprendiera ante la pantalla. El hombre que acababa de caer en el hueco, era una de las pocas cosas que le ocurría en mucho tiempo.

Se había casado a los treinticinco años con la única novia que conoció y en veinte años de matrimonio no lograron descendientes. Al principio no se notaba mucho esa ausencia: la casa se llenaba de sobrinos que venían a registrarlo todo, poniendo de cabeza las habitaciones, y haciendo en casa de los tíos cuantas atrocidades les prohibían en las propias, abusando de aquellos padres huérfanos y tolerantes; pero con el tiempo los sobrinos se fueron alejando, casándose en otros pueblos, generando otros sobrinos desmemoriados de su pasado, y la casa se convirtió en esta especie de sanatorio donde nada ocurría fuera de su propia memoria.

Berto se tomó su pastilla con medio vaso de agua, y durmió profundamente, sin despertar en toda la noche.

Se levantó a las cinco de la mañana para vender la leche en la bodega, coló el café, se vistió, y luego de haber recorrido un buen trecho, tuvo que regresar en busca de las llaves.

Cuando salía de nuevo miró en dirección al hueco, y adivinó la cabeza del borracho, más oscura en las sombras de la madrugada. Esta vez ni siquiera sintió impulso de ayudarlo, y confió a la eventualidad aquella labor desagradable. Tenía un pésimo humor y se lo achacó al lunes. Los lunes amanecía de mal humor hasta que el día comenzaba a definirse y el pueblo se llenaba de movimientos. La tranquilidad era para la casa, en la bodega prefería la actividad física y el ajetreo. Sin embargo durante la venta de leche se le rompieron dos litros, luego actualizó los papeles del almacén, vendió unos granos, y a las once, cuando cerró para volver a su casa, todavía estaba de mal humor.

Julia, su mujer, tenía listo el almuerzo, y desde que lo vio se puso a preparar la mesa.

—¿Estás malo…? —se sorprendió de verlo ir directo hasta la cama.

Siempre se ponía a ayudarla. Era un marido ejemplar en eso de compartir la cocina y las tareas de la casa, y realmente no tenía de qué quejarse. Berto le era fiel hasta la saciedad a pesar de que nunca pudo darle un hijo. Vivían en una casa confortable, se llevaban bien, y cada uno en secreto se sentía solidario de la orfandad del otro.

—Creo que me va a caer gripe.

Ella exprimió dos limones en un vaso de agua, y le alcanzó una aspirina.

—Ya está el almuerzo.

—No tengo hambre.

Berto trató de echar un sueñecito a ver si salía de aquel estado depresivo, pero no conseguía dormirse. Estaba seguro de que al llegar a su casa, su mujer le contaría del borracho que se había caído en el hueco, en el mismo hueco que tanto has luchado por tapar; pero antes de abrir la puerta, creyó ver la cabeza del hombre sobresaliendo ligeramente sobre el nivel de la calle. En realidad no había casi tránsito por esa zona. A un costado de la vía daba el fondo de una fábrica de tabacos, y por el otro corría una zanja paralela a la calle. El hueco donde había caído el borracho desembocaba a la zanja. Lo sabía por los muchachos que ponían a navegar barquitos de papel en los días lluviosos. Durante el resto del año no era frecuente ver a alguien por aquella calleja, pero aún así, le pareció irreal y absurdo que el tipo permaneciera en el hueco.

Toda la tarde se sintió mareado y sin fuerzas. Pasó la jornada en las nubes, deambulando entre frijoles y sacos de arroz, y tropezando con sus compañeros de trabajo.

Cuando regresó a las siete, echó un vistazo y no distinguió nada. Se detuvo, limpió los espejuelos, volvió a mirar, y sintió que se quitaba un gran peso de encima. Entró a la casa animado, con la frente erguida, convencido de que esta vez Julia le contaría la historia, con lujo de detalles y todo el realce que merecía, pero ella no le ofreció ese consuelo. Dónde diablos se metía esta mujer, que sacaban a un borracho delante de sus narices, después de un día entero atascado en un hueco, y no veía ni escuchaba nada… Una cosa tan inusual en un barrio tan tranquilo, prácticamente un escándalo, y no se daba siquiera por enterada… Aunque también podía ser que el hombre se hubiera marchado solo, en silencio, para poder disimular su vergüenza, o tal vez alguien lo había recogido sin que su mujer se enterara, por qué iba a enterarse de todo, si ella estaba en sus trajines, barriendo el patio, haciendo la comida, ella era una mujer de la casa, una buena mujer y no una cualquiera para andar atrás de los chismes y del dimequetediré.

Se bañó un poco más tranquilo, y la comida le pareció mejor sazonada. Luego volvió a su puesto del sillón. Todo estaba en orden. Era evidente que la pesadilla había concluido; sin embargo, quién quitaba que el borracho no se hubiera hundido más en el hueco, atraído por su propio peso. Tal vez estuviera sin fuerzas y se le hubieran doblado las rodillas. ¿Y si había muerto…? ¿Y si aún agonizaba y él no le había prestado auxilio…? Podía ser procesado: negación de auxilio, a la cárcel por dejar morir a un pobre hombre, padre de familia, totalmente desvalido y en estado de embriaguez. Porque ya se trataba de eso: de un pobre hombre en estado de embriaguez…

Desesperado empezó a balancearse mientras buscaba una salida. Casi toda la vida detrás de un mostrador, dependiendo de la oscilación de una balanza, había desarrollado en él una actitud conservadora, que meditaba cada paso y sopesaba cada decisión. Aunque ahora no había mucho que meditar. Escuchó a Julia tarequeando en la máquina de coser, y calculó que era el momento oportuno. Se incorporó y salió en dirección al hueco. Necesitaba comprobar, cerciorarse, convencerse que el borracho se había ido de una vez y por todas, y escapar de aquella incertidumbre. Llegó hasta el orificio que ofrecía su boca cuadrada y oscura, y no vio nada. Estaba claro que había desaparecido. No obstante se agachó y extendió su mano en la oscuridad, y un escalofrío intenso, un corrientazo, recorrió todo su cuerpo. Había palpado una cabeza humana, fría y rígida, y sus ojos, que se iban adaptando a la oscuridad, distinguieron un rostro semiladeado, con los ojos abiertos y la mirada estúpida y ausente. Fue a retroceder, pero estaba como clavado en la tierra. Las piernas no le obedecían. Su cuerpo era una masa caótica y sintió el pecho agitado y convulso. Por fin logró incorporarse lentamente, y comenzó a andar, arrastrando las piernas como un enfermo, como un elefante herido de muerte, y se dejó caer en su sillón. No supo el tiempo que permaneció allí, con la mente en blanco, pero debió ser un intervalo bastante largo porque Julia se asomó al portal, extrañada de que aún no se hubiera acostado.

—¡Berto… son casi las doce…!

Berto no contestó. Sintió necesidad de confesarse, de compartir aquel secreto. Todo había sido sin pensarlo, diría, sin darse cuenta, repetiría, sin imaginarse que la cosa podía llegar a este punto, juraría. Él era buena persona, honesto, sacrificado, un hombre que servía a los demás… Pero y si Julia no lo entendía, cómo era posible, cómo había sido capaz de abandonar a un pobre hombre, y acostarse a roncar tranquilamente, cómo había vivido tantos años al lado de un ser tan indolente que no sentía compasión por la vida de sus semejantes…

Así que no dijo nada. Se tomó la pastilla y se fue a la cama, pero no pegó un ojo en toda la noche. Aquel rostro frío e inexpresivo se aparecía ante él, con las órbitas desencajadas y la vista perdida. Se levantó varias veces tratando de no despertar a Julia, se tomó dos diazepán, un clorodiazepóxido, y se sentó al borde de la cama a hojear publicaciones de los años cuarenta, adornadas de rubias hermosas y espuma de jabones y aceites de oliva, pero no conseguía desterrar aquella imagen. Le pareció que una sola noche podía llegar a medir años, décadas, y sintió que aquella era la eternidad. Ahora otro ingrediente había empezado a torturarlo: Allí junto al hueco estaban sus pasos, el rastro que conducía hasta su casa. Tarde o temprano lo encontrarían. Vendría la investigación, la policía, los perros; y todo apuntaría hacia su casa, a su persona, a Berto Martín Gallego, tan tranquilo como lo creía la gente, él lo había matado, lo había emborrachado, lo había precipitado en el hueco. Siempre tuvo obsesión por ese hueco, diría el Delegado. Es un maniático, un criminal, agente de la CIA. Paredón. Consejo de Guerra. El Tribunal Militar pidiendo paredón, fusilamiento. El fiscal pidiendo paredón, los jueces, la defensa, la ira del pueblo. Todo el mundo pidiendo paredón… Pero él era inocente, no entendía por qué. Estaba muy confundido y de pronto dijo que sí, que era culpable, asesino, que lo mataran, que lo ahorcaran, que lo pasaran por las armas, que lo desaparecieran.

Por la mañana Berto salió para la bodega sin hacer café. No tenía concentración. Se puso a despachar petróleo, y el líquido se derramaba fuera; probó con el arroz y le ocurrió lo mismo; al mediodía tampoco almorzó; y la tarde la empleó en organizar la bodega, recogiendo y empaquetando sacos de yute y cajas de refrescos. Pero trabajaba a ciegas, ausente, con el cuerpo en la bodega y la mente en el paredón de fusilamiento. Nunca antes había concebido su final de esa manera. Ni siquiera pensaba en él. La muerte solía ser una noticia, un accidente que podía ocurrirle a los demás. Cuando por fin admitió que él también era elegible, se imaginaba en su habitación, rodeado de sobrinos y de médicos y enfermeras solidarios, con Julia junto a su cabecera; pero jamás había considerado una muerte así, entre gruesas paredes, recostado a un muro gris salpicado de sangre, ante media docena de militares que le apuntaban con sus rifles, que le abrirían la piel y la carne para luego irse a beber y a fiestar sin el menor remordimiento…

Berto llegó a su casa como una sombra. Se bañó y se tiró en la cama, dejando la comida intacta sobre la mesa. Julia quiso acompañarlo al médico, pero él se negó rotundamente, y ella no insistió. Sabía que era inútil. Notó que algo estaba alterando el curso de las cosas, y por primera vez dejó de ver el huerto que su marido plantaría en cuanto se jubilara. Ya no alcanzaba a imaginárselo con una regadera, señoreando sobre un paraíso verde de tomates y de lechugas que se extendía hacia el horizonte…

A media noche empezó a llover, anunciando una primavera abundante y generosa. A las seis seguía lloviendo a cántaros. Berto se colocó su vieja capa y salió a la calle. Aún no se había percatado bien de lo que significaba aquella lluvia bendita. Cómo no lo había pensado antes… El agua arrastraría al hombre hasta la zanja, y de ahí seguiría hasta el arroyo, hasta el río, por lo menos hasta la costa, flotando como un tronco a la deriva. Sería un ahogado más entre muchos, y nadie sospecharía que en aquel hueco se había iniciado la tragedia.

Toda la mañana estuvo más animado, aunque desmejoraba claramente. Por la tarde le dio el primer desmayo. Fue un leve mareo, la vista se le nubló, y sintió que el mundo lo abandonaba.

Al día siguiente faltó al trabajó y continuó empeorando. Como no se atrevía a ir al hueco, deambuló por todo el pueblo capturando periódicos y revistas y demás publicaciones en busca de algún indicio, de alguna información de un desaparecido, que salió tal día de su casa, con mascual ropa, y presumiblemente en estado de embriaguez; o de un ahogado sin identificar que apareció en el Caribe, mordisqueado por peces de agua dulce y de todas las aguas, con algas en el pelo y huevecillos de tilapia en el pabellón de la oreja. Pero poco a poco se iban apagando sus esperanzas ante aquella prensa imperturbable que sólo hablaba de la recuperación de envases y de los macheteros millonarios y bimillonarios…

Murió el Domingo de la Defensa, junto con el ruido de la alarma aérea y los primeros zambombazos. Estaba como vivo, con el mismo semblante de siempre, pero a Julia le bastó comprobar que a las siete y media de la mañana su marido seguía en la cama, para saber que estaba muerto.

Durante el velorio en su misma casa, alguien halló el cuerpo del borracho, atacado en el hueco, profiriendo amenazas en su Lengua intraducible. Lo llevaron al hospital, y varios días después deambulaba de nuevo, con la botella en la mano, simulando un viejo tango de Gardel. Los vecinos, por su parte, no tardaron mucho tiempo en habituarse a la ausencia de Berto, demostrando buen poder de recuperación. Únicamente la viuda maldecía al destino, y juraba entre lágrimas que una semana antes el difunto estaba fuerte y saludable… En cuanto al hueco, en fin…

Tomado del blog Retazos: http://www.desdecuba.com/retazos/

Un Tatuaje



Los deseos incrédulos de tu mirada me convierten en aquella flor tan violentamente hermosa que se desea aunque no se pueda encontrar, que se tiene delante, se percibe y aún así no la tienes. No sé por qué pero tu mirada me cubre de sensaciones inenarrables, mis manos buscan en la lejanía tu sonrisa, la desean tatuar sobre mi pecho porque ese olor a hembra hermosa provoca que comience a brotar desde mi interior ese sentimiento de besarte interminablemente hasta que me detienes con una caricia en mis labios y te acuestas sobre mis deseos para escribir ese poema de amor que está en tu interior y nace el último volcán, porque si, siempre nace un volcán y sentimos esa erupción que nos incrusta en la ciudad prohibida.

Despierto en tu soledad y ya no soy esa temible flor y sin embargo tus deseos me atraen a las calles de la ciudad, me provocan perseguirte por esa parte de la ciudad donde los pecadores son aquellos que nunca encuentran la famosa ventana de madera donde se lamentan las nubes de su pasado y no estás y encuentro tu olor en todas partes, cualquier rostro que veo es tu cara y tu olor y me acerco con un beso de fuego y no eres tu y sin embargo tiene tu olor.

Abandono las calles, triste por no tenerte entre mis ansias, por no tener tu cuerpo para escribir mi próximo poema y te descubro acostada sobre tu broma, has estado ahí, esperándome desde la paciencia de una vela y me abrazas y extiendes tu mano para tomar las primeras vocales de tu próximo poema y te ríes al escuchar mi historia y no te comprendo hasta que me besas y me muestras el tatuaje de tu sonrisa en mi pecho y solo así comprendo que tu olor me persigue porque lo llevo en el corazón.

Abro mis ojos a la mañana y estas desnuda, estás donde siempre has querido vivir y la mañana penetra sin pedir permiso y nos acaricia despertando un beso de amor y un abrazo de eternidad...

JULIO ANTONIO RODRIGUEZ SANTANA

http://estadosdeanimoprosa.blogspot.com/

lunes, 7 de septiembre de 2009

Lunes de alegrías.




La tibia caracola de tus cabellos
Resortes de suertes cuelgan
Como puentes infinitos
sobre un fondo de ideas
que se olvidan.
Cuando miras
Penetrante
La tonada rojiza
Emanando fuegos,
Se miran perder.
Los latidos inquietos
Bajo un cielo de ocres
En contraste figura
De piedras y caracoles
mundos de sonaja
en la levedad de la tarde
Un horizonte creativo, dejase moldear.

México, historia de un viaje (fragmento)




" ¿Porqué ésta ciudad tiene una grandiosa personalidad? ¿Que tiene de diferente respecto a las otras? ¿De dónde proviene el aura de drama que la envuelve? Creo que son varios los factores, son muchas las tintas que, combinadas, producen – a pesar de todo el sol- ese tono oscuro, apesadumbrado que nos da la sensación de que algo trágico siempre va a suceder –un asesinato, un terremoto, una revolución… nunca debemos olvidarnos que ésta metrópoli fue erguida sobre el cadáver de Tenochtitlán asesinada por Cortés y sus soldados. "


Erico Veríssimo, famoso escritor brasileño, cuyos libros han sido traducidos a muchos idiomas. Fue también profesor de literatura brasileña, escritor de libros infantiles y de viajes, y crítico. A través de su obra y de sus conferencias y seminarios en el extranjero puso la literatura brasileña al alcance de un público internacional, tanto en su vertiente literaria como en la social. Veríssimo pertenecía a una antigua familia portuguesa de Río Grandeído. Su educación se truncó debido a una crisis financiera familiar y tuvo que empezar a trabajar desde muy joven. Después de trabajar temporalmente en tiendas y en un banco, se hizo farmacéutico, aunque abandonó la carrera cuando se le ofreció un trabajo en el mundo editorial. Su primera novela, Clarissa (1933), fue un éxito de venta y pronto le siguieron otras. Dio conferencias en la Universidad de Berkeley y durante tres años ocupó el cargo de director de asuntos culturales de una organización panamericana. Siguió escribiendo hasta principios de los años 1970 y murió en 1975 en Cruz Alta. El éxito y la popularidad de Veríssimo radican en su interés por el papel del individuo en el mundo cambiante, en el estudio de las modas intelectuales del momento a través de sus personajes, en la humanidad y calidez de sus temas y en su estilo fácil y fluido. Sus primeros temas trataban de las clases medias urbanas, mientras que el regionalismo, movimiento centrado en las injusticias sociales que sufren los más humildes, iba ganando terreno. Se resistió, de modo contundente, a la polarización política, prefería ver las diferencias reconciliadas a través del diálogo y la tolerancia. La obra de Veríssimo se puede dividir en tres periodos: en el primero, escribió novelas cortas que forman una serie y que narran la vida de unos personajes de clase media urbana, desde la juventud hasta la madurez. Cruce de caminos (1935) y Un lugar en el sol (1936), son ejemplos de este periodo. El segundo periodo está formado por una trilogía El tiempo y el viento (1949) que narra la historia, desde 1745 a 1945, de un estado brasileño. El tercer periodo fue más experimental, utilizó nuevas fórmulas de escritura, como el realismo mágico y amplió su temática con materias extranjeras, adoptando un punto de vista más crítico sobre la política brasileña. Obras de esta época son El señor embajador (1965), El prisionero (1967) e Incidente en Antares (1971). Veríssimo ha mantenido su popularidad, quizás gracias a su sencilla visión de sí mismo como narrador de cuentos. A pesar de todo, es una figura importante, tanto por el lugar que ocupa en la literatura brasileña como por su empeño en difundirla en otros países. © eMe

El Poder de la Palabra
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domingo, 6 de septiembre de 2009

El Grave Asunto de la Discriminación.

Amigo Collado, usted amigablemente protestó por la insistencia en el tema racial; pero mientras las necesidades de un sector sean más urgentes aún, tanto por ser mayoritarias como específicas, creo que tiene sentido. Si usted no las tiene, no las vive, es normal que no lo entienda; pero sólo el que vive una cosa sabe qué es lo que está viviendo, y no es legítimo pedirle que posponga su prioridad.


Ignacio, con todo mi aprecio.Y honestidad.

El no vivir algo, no significa que no se entienda.
Puedo entender lo que sufre una mujer cuando su marido le rompe la cara, y le pone un ojo morado y se le inflaman los labios y los ojos se hinchan de los golpes y el llanto. Y no me considero mujer. Pero tengo la sensibilidad, para en la empatia, tomar como mío el sufrimiento ajeno.
Que cosa es ser negro, blanco, latino, extranjero. Casi todos los que una vez dejamos la tierra propia hemos padecido algún tipo de discriminación. Homosexuales, prostitutas, bajitos en un pueblo de altos, de esas cuestiones esta lleno el mundo.
Hombres que obligan a las mujeres a cubrirse el rostro o les impiden hablar con extraños. Limitando el derecho que una persona tiene. El predominio de unos sobre otros. Los que atienden a los que pagan, los si Señor, no Señor, lo que usted ordene Señor.
La violencia familiar, un tipo horrible de discriminación y abuso. El tipo detestable que oprime a su pareja por ser el proveedor de recursos. El latino que trabaja ilegal en USA, por una paga tres veces menor a la oficial. En este mismo México, muchos trabajan mas de 12 horas diarias, sin ninguna prestación y por un salario de miseria. Alguien dudaría que ignoro de lo que escribo. Tal vez lo único que hago es dar prioridad por encima de cuestiones personales a cuestionamientos colectivos mucho más urgente. Dar prioridad a una sección de una problemática mayor en función de una menor y personal. Tal vez sea mas legitimo luchar por todos aquellos que están siendo ahora mismo marginados por no saber leer esto que escribo, sin preocuparme mucho si mi piel es más oscura o más clara que la de mi vecino del norte que intenta despreciarme. Mi conciencia social crece cada instante, y hago míos los asuntos sociales más desconocidos. Seria bueno preguntarle a una mujer indígena que siente cuando no tiene comida, hospital o un techo digno. Circunscribir la discriminación a negros o blancos es solo una ínfima parte del iceberg llamado sociedad en crisis. Esto no lo aprendí en La Habana, mientras muchos de los que ahora escriben en contra del tirano eran sus partidarios, por principio o por oportunismo. Esto lo aprendí, en esta tierra Azteca, viviendo en las comunidades, bebiendo el agua impura que los indigenas beben , comiendo lo que me ofrecen, jodiendome la vida como se la joden muchos en este país, donde los ricos humillan a los pobres y la miseria y el hambre es muy marcada entre los pueblos . Ignacio, te invito a venir aqui donde la gente hace maravillas con lo que en EEUU ganan en tres diás.Aqui el color de la piel pasó a un segundo plano, aqui es muy dificil. Mira atras, otro viene recogiendo tus migajas.